Diálogo sin truculencia por Antonio Ecarri Bolívar [@ecarrib]

Venezuela ha sufrido una regresión histórica durante el ejercicio del poder de este régimen que ya dura 17 años y que ha arruinado a la Nación. El gobierno de Hugo Chávez comenzó un proceso de deterioro de la institucionalidad democrática que se ha incrementado durante el gobierno de Nicolás Maduro, quien ha llegado al colmo de asaltar, con sus bandas armadas de malvivientes, la sede del poder legislativo nacional.

En más de dos siglos de vida independiente de Venezuela solo tuvimos como precedente, a esta barbaridad cometida por las hordas maduristas, el “monagazo” del año 1848 cuando en aquel Parlamento decimonónico se discutía enjuiciar al presidente José Tadeo Monagas, exactamente como ahora, por hechos violatorios de la Constitución.

La semana pasada estuvo a punto de ocurrir un hecho similar cuando resultaron heridos, por la agresión de las mencionadas hordas, trabajadores y periodistas que cubren la fuente del parlamento nacional, lo que pudo culminar en una tragedia de vastas proporciones. Por cierto, vale la pena reconocer la valentía y pundonor de los parlamentarios de la Mesa de la Unidad Democrática y de la Junta Directiva presidida por Henry Ramos Allup, quienes permanecieron incólumes, en defensa de la Institución parlamentaria, durante todo el tiempo que duró el bárbaro atentado contra la soberanía popular allí representada.

La crisis humanitaria que vive Venezuela, uno de los países de América que hasta hace poco menos de 20 años era envidia en todo el mundo, es incomprensible si no se aborda el tema de la inconmensurable corrupción que ha prevalecido estos últimos años, lo que ha sido denunciado no solo por quienes integramos la oposición democrática a este gobierno, sino por los mismísimos ministros del gobierno de Hugo Chávez: Jorge Giordani, Edmé Betancourt y Héctor Navarro, quienes han llegado a decir que el robo de los dineros públicos se acerca a la increíble cifra de más de la tercera parte de los ingresos petroleros, es decir, a la bicoca de más de 500.000 millones de dólares.

Ese robo colosal ha sido perpetrado por los más altos funcionarios del régimen coludidos con empresarios inescrupulosos a la sombra del poder. Mientras, desasistido de las más elementales necesidades de comida y medicina, el pueblo ve con rabia contenida cuál es el origen de su hambre y de sus carencias.

Ahora bien, la oposición democrática venezolana ha pedido un cambio de rumbo al régimen y, en los últimos años, después de que Maduro asumió el poder y cayeron los precios petroleros, se hizo más pertinente el pedimento de cambio porque la minoría que detenta el poder no tiene el derecho de conducir a toda una nación a su ruina definitiva.

Por esa razón no quedó otro camino que solicitar, en ejercicio del derecho consagrado en el artículo 72 constitucional, se le permitiera al pueblo pronunciarse por la revocatoria del mandato del Presidente de la República.

En Acción Democrática siempre hemos sido partidarios del diálogo, pero no uno tramposo para lavarle la cara al régimen, ni para posponer ad infinitum las constitucionales consultas electorales, sino para que entreguen todo lo que tienen secuestrado: la soberanía popular, los presos y exiliados, la declaratoria de crisis humanitaria, las elecciones de Alcaldes y gobernadores. En fin, un diálogo para consensuar la inevitable transición y hacerla en paz, electoralmente y en apego a nuestro ordenamiento jurídico vigente.

Maduro habla de diálogo, pero no suelta a uno solo de los más de 100 presos políticos y exiliados que están en las cárceles y en el exterior por pensar diferente; auspicia el asalto del poder legislativo, reprime la manifestaciones pacíficas y hasta encarcela servidores públicos por el único “delito” de trabajar con el Presidente de la AN, como son los casos del Comisario Coromoto Rodríguez y Alejandro Puglia.

Rectificación o renuncia deben ser las dos únicas alternativas que debe plantearse Nicolás Maduro y eso lo deben entender todos los mediadores de buena fe que auspician un diálogo con el gobierno.

Sabemos que el Papa Francisco y sus enviados especiales lo saben, porque la milenaria sabiduría de la Santa Iglesia Católica nos lo hace presumir de manera indubitable. Además, la fama diplomática de los suizos precede al Nuncio Emil Paul Tscherrig, quien nos prestigia con su representación ecuménica.

Hacer trucos con el diálogo puede engañar a algún lerdo, pero nunca a la Iglesia ni a todo un pueblo que se cansó de esperar. Si no hay algún gesto convocando al referéndum, a elecciones generales o liberando presos y permitiendo el retorno de los exiliados, todo diálogo será considerado una truculencia inaceptable para una dirección política honorable. Amanecerá y veremos.

aecarrib@gmail.com

@EcarriB

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