Pactismo vs. Castrismo; por Elizabeth Burgos

"Jimmy Carter, entonces presidente de EE.UU. y simpatizante de Castro, fue retribuido con la liberación de varias decenas de prisioneros políticos cubanos. Una medida destinada a la opinión política internacional para que Carter no perdiera credibilidad".  Foto de Carter en La Habana, venido a conversaciones de paz con el régimen cubano.  Año 202, mes de mayo. El régimen estaba en apuros por la situación venezolana.
“Jimmy Carter, entonces presidente de EE.UU. y simpatizante de Castro, fue retribuido con la liberación de varias decenas de prisioneros políticos cubanos. Una medida destinada a la opinión política internacional para que Carter no perdiera credibilidad”. Foto de Carter en La Habana, venido a conversaciones de paz con el régimen cubano. Año 202, mes de mayo. El régimen estaba en apuros por la situación venezolana.

“Ganar tiempo hasta cansar a los adversarios, es una de las modalidades señeras del sistema forjado por Fidel Castro”, explica la autora.  Y remata: “Los presos siempre han sido rehenes que el régimen utiliza para que los “mediadores” internacionales a los que siempre recurre, no se vayan con las manos vacías”.

El pactismo es un sistema político que nos viene de los reinos medievales de España que designaba el pacto entre el rey y el reino y que limitaba tácitamente el poder regio.  En los reinos de América –(y no colonias, pues la Corona, como todo imperio que se respete, integraba a su sistema político las regiones que conquistaba sumándolas a su expansión territorial con la categoría de reinos)- tuvo su aplicación bajo la forma de ayuntamientos los cuales gozaban de cierta autonomía ante el poder central.  El pactismo duró en España hasta la llegada del siglo XVIII del absolutismo centralizador borbónico que anuló esos espacios de libertad regional, cuyas consecuencias en los reinos de América fueron preparar el desenlace de la Independencia.

La tradición del pactismo español cobró un papel protagónico con El Pacto de la Moncloa, que inauguró la democracia española tras la muerte de Franco, que algunos analistas venezolanos pretenden haberse inspirado del Pacto de Punto Fijo: una demostración más de la ignorancia histórica.

Tras la Independencia, en los ex reinos de España pervivió la tradición del pactismo.  Las sociedades surgieron tras la ruptura de las normas sociales y políticas que las habían regido, lejos de instaurar la paz y la concordia, crearon una situación de guerra civil, abierta o latente que en Venezuela tomó la forma de caudillismo local, -civiles que se autonombraban generales-.  Modalidad a la que le puso término Juan Vicente Gómez con la creación del ejército profesional, de allí que cuando se habla del “glorioso ejército” creado por “el padre de la Patria” se incurre en un error histórico.

Las élites, deseosas de neutralizar la falta de cohesión de esas sociedades fragmentadas, (de esas pardocracias propicias al desorden como lo expresara el propio Bolívar, que por esa misma razón no se le puede considerar “padre de la Patria” a menos que se considere que los pardos no pertenecen a la patria) acudieron al pactismo, herencia del antiguo poder hegemónico imperial.  El pactismo entre élites permitía a las mismas establecer el orden dentro de la estructura social que se iba creando y, al mismo tiempo, dirimir las rivalidades de poder que surgían entre esas mismas élites: es decir, la forma de repartirse el poder, alejando el fantasma de la guerra civil.  Hasta las dictaduras más férreas practicaron el pactismo.  En Venezuela, el summum de la tradición pactista fue el Pacto de Punto Fijo.

Cuando aparece el teniente-coronel Hugo Chávez en el horizonte electoral venezolano, las élites olvidan el origen golpista del personaje, y ponen a funcionar la maquinaria pactista.  Fue así como los miembros de la élite -industriales, medios de comunicación, fortunas personales- se pusieron a la orden del outsider recién llegado al panorama político bajo la creencia que con Chávez se corregirían los desarreglos institucionales y se volvería a un regreso al orden democrático, impartiéndole la coherencia perdida.  Si hubiesen tenido la curiosidad de escuchar el discurso del teniente-coronel pronunciado en La Habana en 1994 y la respuesta de Fidel Castro, hubiesen podido prever que con Chávez llegaba al fin del pactismo y se instauraba una dinámica que debía desembocar en un régimen según el modelo cubano.  Una mezcla de imaginario fascista acompañado de los mecanismos técnicos de control de poder originados en la URSS tras la instauración del comunismo.

Una de las características mayores del castrismo, es haberle puesto punto final al pactismo y haber instaurado un imaginario político, basado en el enfrentamiento permanente destinado a eliminar las corrientes de la sociedad, reacias al proyecto vitalicio antidemocrático de poder inherente a su proyecto.  Y como buen alumno formado por los jesuitas y además, abogado, Fidel Castro percibió que para la instauración de un poder vitalicio -figura indispensable para la instauración de su modelo de régimen- era también indispensable la creación de una nueva legislación gracias a la cual se sustentaría el nuevo entramado institucional.  Para ello, el primer paso suponía la destrucción del vigente y sumar la historia de Venezuela al relato inventado por Castro de la historia cubana.

Hacer tabla rasa del pasado significaba instaurar la radicalización ideológica, mantener la movilización permanente de la población doblegada a sus designios, enmarcándola en organismos de masa, creación de un partido único, propiciar la penuria y el racionamiento, sutil y perverso mecanismo para mantener a la población doblegada al funcionamiento del estómago, (de allí negarse a recibir ayuda humanitaria), el culto al líder carismático, encarnación del “padre de la Patria”.

maduromud
“La tradición del pactismo no tiene cabida en el pensamiento de quienes han sido formados en la ideología del castrismo, de allí que un diálogo, -modalidad que condiciona el pactismo- con el gobierno de Maduro no pueda dar resultados”. Maduro saluda a Chuó Torrealba, Secretario General de la Mesa de Unión Democrática. Año 2016, mes de noviembre. El régimen está en apuros por la situación venezolana y la historia se repite.

El problema para la imposición del relato cubano en Venezuela, es que los cuarenta años surgidos del Pacto de Punto Fijo, han calado más hondo de lo imaginado en la mente de los venezolanos, no en balde, el chavismo se ha dedicado a denigrar ese capítulo crucial de la historia del país, que el recordado Manuel Caballero define como un modelo general que el país adoptó, que se puede llamar “proyecto nacional democrático”, es decir, el proyecto que se propusieron el país y sus dirigentes.  Manuel Caballero en su obra, La Gestación de Hugo Chávez. 40 años de luces y sombras en la democracia venezolana (2000), analiza “la historia de la aplicación de un proyecto social, nacional, su culminación y, a partir de cierto momento, la incomprensión de su caducidad”: incomprensión no sólo atribuible a sus “dirigentes, sino también a la mentalidad y al conjunto de la sociedad”.

Es sobre ese terreno previamente abonado que se explica la “recaída en tentaciones autoritarias” y que el castrismo se instaura como imaginario político en la mente de los grupos de venezolanos que tras la derrota de las guerrillas, continuaron frecuentando los predios habaneros.  El Partido Comunista Venezolano, ha enviado durante años, grupos de niños a los campamentos pioneros de Varadero en los que recibían formación ideológica y entrenamiento militar.  De allí surgen “los colectivos” o grupos de choque inspirados de las “Brigadas de respuesta rápida” -y no de los Tontons Macoutes como lo escribiera recientemente un analista venezolano- cuya misión es evitar el recurso de las fuerzas de orden oficiales en la represión y dejar al pueblo la “defensa de la revolución”.

La tradición del pactismo no tiene cabida en el pensamiento de quienes han sido formados en la ideología del castrismo, de allí que un diálogo, -modalidad que condiciona el pactismo- con el gobierno de Maduro no pueda dar resultados.

El pacto significa negociar: negociar significa que las partes que integran el diálogo acuerden dar o renunciar en igualdad de condiciones.  Aceptar ese condicionante, significaría renunciar al esquema castrista de su rechazo al pacto, poco probable que suceda.  Las últimas declaraciones de Nicolás Mauro, verdadera declaración de guerra, lo demuestra.

Ganar tiempo hasta cansar a los adversarios, es una de las modalidades señeras del sistema forjado por Fidel Castro.  Ganando tiempo, el régimen de La Habana, pronto alcanzará 60 años de vida.  Los presos siempre han sido rehenes que el régimen utiliza para que los “mediadores” internacionales a los que siempre recurre, no se vayan con las manos vacías.  Jimmy Carter, entonces presidente de EE.UU y simpatizante de Castro, fue retribuido con la liberación de varias decenas de prisioneros políticos cubanos.  Una medida destinada a la opinión política internacional para que Carter no perdiera credibilidad.  Rodríguez Zapatero y el resto de mediadores, no regresarán con las manos vacías, llevarán como recompensa unos cuantos presos.  La liberación de Leopoldo López no tendrá lugar hasta que no se llegue a una situación límite, como la que parece estar planteándose con la falta de noticias sobre su suerte.  Centrar la opinión pública en la situación de López, hará olvidar el referendo y el resto de exigencias planteadas por la MUD.  El diario español El País en su editorial del 3 de noviembre, señala la pertinencia que “Existe el riesgo de que el chavismo utilice estas conversaciones como una táctica dilatoria que le permita ganar tiempo en el poder a pesar de la erosión irrecuperable de popularidad que sufre.  Además, conviene tener muy claro que los presos políticos no son cartas intercambiables en una negociación”.

No opino sobre si la MUD tiene o no razón de posponer la marcha hacia Miraflores y la convocación de Nicolás Maduro de acudir a la AN, pero sí llama la atención que declare que tomó esa decisión a pedido de los representantes del Vaticano y de la Iglesia, dando la impresión de su incapacidad de tomar una decisión política que surja de su propio seno y propiciando la duda sobre su capacidad de conducción de una situación tan grave como la que vive hoy Venezuela.

Revista ZETA
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