A calzón quitao; por Antonio Sánchez García .@sangarccs

A María Corina Machado, a Leopoldo López, a Antonio Ledezma y a los partidos de la Unidad.

La oposición, qué duda cabe, está irrecuperablemente dividida. Y no por motivos fútiles y banales, sino en razón de insuperables divisiones tácticas y estratégicas, que conciernen al pasado, al presente y al futuro de Venezuela. El régimen, plenamente consciente de ello, sustenta su sobrevivencia en profundizar esa división mediante el clásico expediente del palo y el caramelo: palo a su sector existencialmente antichavista, cuyos mejores representantes están encarcelados y ya condenados – Leopoldo López ya superó las Mil y una noches encarcelado – caramelo al sector conciliador y dialogante. Y esa línea divisoria, a mi modo de ver, irreductible, pasa por el llamado G-3: AD, PJ y UNT, de un lado, y Voluntad Popular, en solitario, del otro. Los 15 partidos restantes, solidarios con las líneas estratégicas defendidas por VP y excepcionalmente diáfanas y consistentes representadas por Vente Venezuela y ABP, representados por sus líderes María Corina Machado y Antonio Ledezma, han sido tratados por los 3 partidos dominantes como los parientes pobres, sentados, como se dice en el Chile de fiestas y cumpleaños, como los niños y los desarrapados del servicio, a la mesa “del pellejo”. Una pertenencia de humillados y desheredados, con derecho a voz – siempre acallada – pero no a voto.

Me considero con autoridad moral para señalar las graves falencias estructurales de la mal llamada Mesa de Unidad Democrática, que se refieren a su incapacidad estratégica para haberse puesto verdaderamente a la cabeza de la liberación de nuestro pueblo de las garras del castrocomunismo, sin caer en complicidades ni componendas con un régimen prototalitario como el de Nicolás Maduro, pues salvo el nombre, la idea de impulsar esa unidad con intenciones de coordinar nuestras fuerzas yendo mucha más allá de victorias efímeras y circunstanciales brotadas de coyunturas electorales, surgió de la comisión asesora del Alcalde Metropolitano Antonio Ledezma, el principal factor unitario de este tormentoso y frustrante proceso, a cuyos fines sacrificó sus propias y legítimas aspiraciones. Supo desde un comienzo que el de Chávez terminaría siendo una dictadura castrocomunista con intenciones y tendencias totalitarias. Fue Antonio quien planteara y diera a conocer la necesidad de articular una instancia unitaria y supra partidista con la urgencia debida en un encuentro de la mayor importancia, celebrado en el Colegio de Ingenieros, el 19 de abril de 2009, en presencia de la dirección de los partidos opositores en pleno. Mayor prueba de su voluntad indeclinable de impulsar la unidad la dio al declinar a sus aspiraciones presidenciales, cuando señalara que “la lucha por la unidad no es una excusa, es un compromiso ineludible…En este momento, lo que necesita Venezuela es unidad y más unidad.” ¿Se ha logrado una unidad activa, militante y combatiente en estos siete años de escaramuzas, victorias y francos retrocesos, como el que hoy vivimos?

Sabíamos los miembros de dicha comisión asesora – entre ellos Pompeyo Márquez, el general Gonzalo García Ordoñez, el embajador Fernando Gerbasi y otros notables venezolanos políticamente independientes – que esa unidad no alcanzaba ni de lejos las alturas de la estrategia ni sería capaz de dirigir la lucha por la recuperación de la democracia, tarea que sólo podría encabezarla el pueblo mismo y en lucha abierta y frontal contra el régimen castrocomunista de Hugo Chávez, pero bastaría para reforzar las pretensiones candidaturales frente al implacable dominio del régimen y su ministerio de elecciones sin sostener, no obstante,  la ilusión de que esa dictadura, que ya lo era para quienes nos habíamos quitados las anteojeras, podría ser vencida con solo conquistar la mayoría de la Asamblea Nacional. Nuestra tesis ha sido desde que Chávez se entregara en cuerpo y alma al tirano Fidel Castro, explícita y claramente desde los nefastos sucesos del 11 de abril, que esta dictadura no saldría de nuestras vidas sin la arrolladora presión de la calle, a la que debían estar subordinados todos los esfuerzos electorales. No ha sido ni es la tesis dominante en el llamado G-3, que ha corrido en dos oportunidades cruciales de nuestras luchas de calle a rendirse ante el sátrapa en Miraflores.

¡Qué tiempos felices aquellos que perdimos por la incapacidad de estar a la altura de las circunstancias! Por entonces ni Leopoldo López, ni Daniel Ceballos, ni el mismo Antonio Ledezma estaban presos. El régimen podía exhibir su mascarón democrático, a pesar de que los presos políticos derivados del 11 de abril seguían pudriéndose en las cárceles. El precio del petróleo resistía todavía las exigencias del populismo clientelar exacerbado por el chavismo, la inflación no desbordaba todos los cauces de la mesura, los medicamentos y bienes de consumo seguían en los anaqueles y el Deus ex Machina de esta tragedia no recibía la puñalada cancerosa que lo llevaría a la tumba.

Todo cambio radicalmente, y para peor, a la misteriosa y jamás aclarada muerte del caudillo. La dictadura se convertiría en satrapía y el dictador impuesto por el agónico comandante en jefe siguiendo instrucciones de los hermanos Castro, en jefe del personal de servicio de la tiranía cubana. La radicalización del proceso inducida por la crisis de legitimidad y la brutal caída de los precios del petróleo hizo el resto, sacudir las certidumbres de la llamada MUD y provocar la escisión que venimos comentando: una parte de sus miembros se mantuvo apegada a las viejas causas electoreras, como si viviéramos en la Venezuela de diciembre de 1998, mientras la otra parte, a quince años de distancia,  comprendía finalmente que por la vía electoral no se obtendría nada. Y lo que se obtuviera sería brutalmente desconocido por una dictadura ya en franco proceso de tiranizarse. Resonaba la odiosa frase del primer dictador de la República, Simón Bolívar: “en Venezuela manda el que puede, no el que quiere”. Fin de la cita. Entonces sólo podía, no lo dijo Bolívar, pero era obvio y lo sigue estando en gran medida por su cuestionable ejemplo, quien detenta las armas. Y los ejércitos venezolanos ya estaban lo suficientemente corrompidos y narco cooptados como para mantener el poder en manos del sátrapa.

Los dos diálogos perpetrados por el régimen, en los que ha incurrido de manera culposa la oposición dominante en el seno de la MUD, lo han puesto de manifiesto: de una parte los que siguen creyendo en los pajaritos preñados del entendimiento, así parezcan un desiderátum de sana racionalidad, aunque sea a costas de sus propias esperanzas y principios. Y los que echaron esas falsas ilusiones por la borda. De lo cual lo más resaltante es que la inmensa mayoría de la población venezolana – un 85% de la ciudadanía – acompaña a estos últimos, no a aquellos. El 15% restante es la carne de cañón del castrocomunismo imperante y urgida por el hambre y las penurias de toda suerte está tan extraviada como quienes se niegan a comprender la inmensa, la gigantesca gravedad de la crisis y la feroz trampa del tiempo, que corre a favor de eternizar la satrapía hasta hacer desaparecer la República, expulsar a los millones de venezolanos que se niegan a renunciar a su Patria yéndose a sobrevivir en el extranjero o terminando por bajar la testuz y ungirse al yugo de la tiranía.

Es la encrucijada en que nos encontramos: huir, esclavizarnos, practicar la concupiscencia con la dictadura o luchar con todos los medios contra la tiranización de la que fuera la primera República libre e independiente de la América del Sur. Si es que no lo hemos olvidado.

Es una encrucijada definitoria y de la que no hay escapatoria. He sostenido con insistencia, ya desde antes pero sobre todo luego del 6D y la evidencia del gravísimo error de haber creído en la salida electoral, sin el respaldo activo, consciente y combativo del pueblo en rebeldía, como única y exclusiva vía de resolución de la crisis  dejando en manos de una unidad usurpada por las direcciones de los partidos AD, PJ y UNT – Falcón cuenta como un puente entre el chavismo, su querencia original, y esta MUD de componendas – , la dirección de la lucha del pueblo democrático venezolano contra la dictadura, que sin pretender modificar nada de lo que fue, es y será la MUD – un instrumento estrictamente electoral – las fuerzas políticas claramente diferenciadas de dicha línea política debían agruparse en un organismo alternativo que atendiera, más que a alianzas coyunturales para enfrentar procesos electorales – que sí importan y serán fundamentales en este futuro incierto abierto desde “la muerte del revocatorio (HRA)” – a la definición y conducción estratégicas del combate contra la dictadura y por la construcción de la Venezuela del Siglo XXI. No una Venezuela en manos de una Sexta República, vale decir: producto del entendimiento del PSUV y el castrocomunismo amnistiado en espuria connivencia con AD, PJ y UNT, como quisieran el G3 y las fuerzas internacionales que los asisten, sino una Venezuela refundada sobre bases diametralmente diferentes a las hoy imperantes. Libre, independiente y próspera.

Para hacerlo más claro: hablar a calzón quitao y, tal como terminan los matrimonios civilizados y conscientes, ventilar las profundas diferencias tácticas y estratégicas que dividen a los miembros de ese pareo de conveniencias que es la MUD. No una separación a trompadas sino un divorcio en los mejores términos. Cada uno por su lado. Que cuando haya que acordarse, se acuerde. Que cuando se haya de disentir, se disienta. Pero que ninguno entorpezca los fines del otro e impida que se obtenga, finalmente, la felicidad de los hijos. Que es lo que cuenta: la salvación de la República, el bienestar de Venezuela. Poco importa la lucha a mordiscos de quienes resumen su amor por Venezuela en el lúbrico deseo ya irrefrenable de ser presidentes de la república.

El Nacional
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