Mesa de tres patas; por Alicia Freilich

Para que se sostengan, las mesas necesitan al menos cuatro, a veces más, patas, bien puestas.

En esta de los tormentos, la pata oficial no reconoce el derecho a la existencia misma de la opuesta en diagonal y desde el principio quiere desaparecerla del aserradero nacional alegando que es falsa, pues fue construida por el imperialismo yanqui, la oligarquía de los pelucones y obreros que traicionan su oficio. Mientras tratan de acabarla totalmente, comen, toman y sobre todo juegan sobre ella todos los trucos habidos y por haber. Ganan con cartas marcadas, trampa que funciona por medio siglo en el garito modelo de la revolución cubana y esa es su probada garantía, delito que controla y dura.

La segunda, puesta en la misma línea de la primera, cerquita, bien a su lado, es muy resistente, forrada de adornos y medallas gruesas y relucientes que llaman soleadas porque brillan como el astro por tanta expuesta joya de oro puro. Su ardiente fuerza puede dañar para siempre a quien no se proteja de su fuego porque hipnotiza, ciega, paraliza y elimina a quien se atreva tan siquiera a mirarla en forma sostenida.

La tercera está forjada con los restos de las anteriores más el urgente refuerzo de presuntos ebanistas experimentados que vienen de talleres foráneos, simulan arreglos para medio mantener la mesa en frágil equilibrio mientras ellos hacen el trabajo, en propio beneficio de distinta manera cuando concluyan su labor, dicen, desinteresada.

Falta la cuarta, primordial. Su madera cruda es roble legítimo, carece de clavos, pegas y pulituras. Su base medular es tan sólida que puede convertir una mesita en mesón largo y fortalecido a cuyo alrededor pueden sentarse sin miedo los verdaderos constructores del mueble. Tan gigantesco es su natural poder imprescindible que cuando la de tres, hueca, derrumbada por tantos rellenos de aserrín y sangre cae sin remedio al vacío, esta, la legítima, hecha con hambre, sudor y lágrimas, queda firme, de pie y perdura.

Cuentan ahora que esto lo decía a sus párvulos una valiente maestra parroquial de San José del Ávila, cuando enseñaba la desaparecida asignatura Moral y Cívica, allá por tiempos de generales dictadores a principios del siglo XX venezolano.

Clase que resulta bien útil en este preciso momento.

El Nacional

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