Fidelidades; por Teódulo López Meléndez .@tlopezmelendez

El pensamiento no procura el establecimiento de fronteras rígidas, una especie de altas murallas dentro de las cuales se encierra una verdad incontrastable. El pensamiento es apertura, motivación al desafío, procura de hacer ciudadanos en el sentido de vigilancia sobre el poder y de facultad crecida de decisión sobre los caminos comunes a tomar. Las ideas son para evitar la caída en una acción política determinada por la banalidad, por la inmersión oscura en una cotidianeidad oprobiosa, en un desgarramiento cotidiano sobre lo intrascendente.

Una de las tareas de este instrumento es contrarrestar las devociones reinantes. Una repetición de lo reinante para solazarse con la imagen fragmentaria rompe con el propósito de las respuestas.

El pensamiento tiende a combatir la realidad como fraccionamiento. Lo hace no para convertirse en un transmisor de mitos, pues su tarea es precisamente la de generar contramitos.  El escritor no puede ser un cómplice, es un instrumento para mostrar que, por encima de lo que ocurre, siempre está ocurriendo algo más.

Aún girará sobre la obsolescencia de unos participantes-adversarios apagados, aún alegará existe un Parlamento donde los domesticados por la Pax Romana ejercen el derecho concedido por el imperio de conservar sus dirigentes y, en ese “senado”, bajo la bota del César, reproducirán en carne propia las definiciones dadas por Marco Aurelio en “Pensamientos” o, quizás mejor, las invectivas de Epicteto. Los protagonistas del diálogo alabarán la Pax Augusta y dirán que quienes luchan en las fronteras, como germanos y partos, son pueblos inconcebibles.

La situación parece la de convivencia de micropoderes, dado que no se requiere de información privilegiada para saber dónde cada uno de ellos tiene su parcela de influencia, o dónde la mezcla de intereses sirve de cemento a las obvias discrepancias.

Los venezolanos no pueden alegar que no fueron advertidos. Lo han sido a lo largo de los años, pero los venezolanos guardan insólitas fidelidades, lo que hace confirmar provienen de una a la sordera, una casi de continuo ejercicio histórico, valga para quienes son excepción y conocen la propia. Uno recuerda a Marina Tsvietáieva diciendo: “La única plegaria es la plegaria para la sordera”.
teodulolopezm@outlook.com

El Universal
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