El ejemplo de los inmigrantes vs. vagancia venezolana; por .@yasmincnunez

Hace pocos días tuve el honor de conversar con un viejo amigo, el señor Angelo Ranaldi, quien a sus 87 años representa para mí el modelo de dignidad que tanta falta hace en un país donde ya es común idolatrar a los delincuentes más peligrosos, y que si bien esa decadencia nos viene de lejos, fue durante la presidencia de un hombre de muy baja estatura moral cuando se enalteció la cultura de la delincuencia, por aquello de justificar el robo cuando hay necesidad. De allí en adelante, a quien todavía le quedaba un poquito de amor al trabajo lo perdió.

El señor Angelo Ranaldi representa la cultura del inmigrante que llegó a Venezuela en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, dejando atrás sus raíces, sus afectos familiares, para navegar en medio de un inmenso océano lleno de expectativas, de incertidumbres, rumbo a un país que le pintaron como la tierra prometida. Llegó a La Guaira con dos baúles llenos de libros, de apuntes, de fotografías, pero también de esperanzas. Aquí se labró una vida tranquila, feliz, que alcanzó a punta de trabajo, trabajo y más trabajo. Vino con el compromiso de recibir unas tierras para el cultivo que nunca le dieron, pero lejos de permitirse un justificado sentimiento de decepción, siguió adelante haciendo un extraordinario esfuerzo para ganarse el sustento diario, el cual consistía en una gaseosa, un pedazo de pan y una ración de mortadela –eso sí, de buena calidad, porque aquellos fueron tiempos de una Venezuela rica, con una enorme bonanza petrolera que permitía importar lo mejor de lo mejor–.

Trabajó sin descanso en lo que fuera, hasta dejar marcadas las palmas de sus manos con el tatuaje del trabajo honrado, y que hoy fue sustituido en Venezuela por la marca que deja la pólvora de las armas utilizadas por una gran cantidad de venezolanos para acabar con la vida de sus compatriotas.

A cambio de su esfuerzo, el señor Angelo Ranaldi recogió sus frutos como empresario próspero, lo cual le permitió invertir su bien ganado capital en la educación de sus hijos, para retribuirle de esta forma al país todo lo que honradamente alcanzó con años ininterrumpidos de trabajo. En ellos sembró la semilla del progreso, y todo lo consiguió sin el afán que tienen hoy en día los venezolanos por abarcar la riqueza de manera fácil y sin esfuerzo alguno.

Es ahora un buen momento para rescatar ese legado de trabajo que nos dejaron los inmigrantes que llegaron a Venezuela hace ya mucho tiempo o continuar rindiendo culto a la vagancia instaurada como política de Estado.

De elegir la primera de las dos opciones, tendremos que invertir todo nuestro mayor esfuerzo en la educación y en inculcar de nuevo los valores morales y éticos que trajeron en sus equipajes hombres como el señor Angelo Ranaldi. De elegir la segunda, entonces no tendremos derecho de quejarnos de la actual situación que vive el país.

No podemos seguir aferrados a la falsa esperanza de volver a ser ricos y así mantener ese gusto por la flojera que tan bien han sabido explotar nuestros gobernantes sin ningún tipo de escrúpulos. Hay que volver a retomar el amor por el trabajo.

También habrá que desterrar esa vieja forma de hacer política basada en el engaño o en la perversa costumbre de utilizar las necesidades de la gente para hacer campañas con propósitos meramente electorales. Es intolerable aceptar esas canallescas actuaciones de algunos dirigentes políticos –quienes aspiran por cierto a llegar a la Presidencia– que regalan juguetes a niños marcados por la desnutrición, para así conseguir una foto para mostrarle a la gente que saldremos de la pobreza gracias a la cultura de la regaladera, o de quienes, imitando al actual régimen que utiliza el hambre como política de sometimiento, se dedican a regalar bolsas de comida a un pueblo hambriento, envueltas en propaganda amarilla y negra, como símbolo de un populismo en total decadencia, pues si algo necesitamos los venezolanos es un cambio de actitud, no de color.

Si los actuales políticos, llamados a rescatar la democracia, aman de verdad a Venezuela, tendrán que dar ejemplo de trabajo honesto y aportar cada uno lo mejor de sí, deponiendo de antemano sus intereses personales y partidistas. De no ser así, seguirán emigrando millones de venezolanos, quienes aportarán sus trabajos y sus talentos para ayudar a hacer grandes otras naciones, asumidas como sus nuevos hogares porque no soportaron seguir esperando por un cambio en un país con tanta vagancia y tanto bochinche revolucionario y opositor, como lo es infortunadamente Venezuela.

El Nacional

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