2017; por Teódulo López Meléndez .@tlopezmelendez

Cuando entramos al 2014 este cronista de lo cotidiano intuyó lo hacíamos a uno que tendría especial importancia en el transcurrir de este ya largo pedazo de historia, por lo que prestamos especial atención al tema de cada semana. Apenas iniciado el 2015 publicamos nuestro e-book “2014: el año duro” con una foto de portada que presentaba a un estudiante enfrentando a los “guardianes del orden”.

Seguimos pensando que teníamos razón. Muy posible allí se hayan tomado cursos que aún persisten. Recordamos haber abordado temas como la sustitución de las élites, el pragmatismo con ideas, el espacio llamado tiempo, los espejos deformantes, el pantano de arenas movedizas o el reinado de la confusión, entre muchos, pues cada capítulo corresponde a una semana. Ese e-book pueden encontrarlo en cualquier buscador web.

Frente al 2017 no cabría repetir lo de duro, porque es harto sabido que a los escribientes no nos gusta repetirnos. Ya el año recién terminado nos ha asomado los términos: vamos al año de la hiperinflación, de la caída ominosa de nuestra moneda a límites impensados, posiblemente de una escasez acentuada. Sabemos, pues, de lo áspero de lo que viene como para andar repitiéndolo.

Una acotación, sin embargo, nos asalta. No lo miramos como a aquel 2014, quiero decir, con los ojos ávidos del cronista que no quería dejar pasar detalle. Debe ser porque será diferente. La penuria económica nacida del encierro en un marco de ortodoxia ideológica trasnochada resulta observable desde ángulos como el de la teoría de la “Curva J” o el de la atención puesta sobre algún cisne negro. Además, los grandes temas de fondo, como la renovación de las élites dirigentes, el llamado de atención sobre una universidad postrada incumpliendo su deber de dar luces a la nación o el del punto de reclamo sobre la sordera nacional, darán paso a más análisis de la pobreza, de la caída de las repúblicas o de los pueblos desorientados.

Persistiremos, no hay escapatoria a la propia conciencia, aunque el cuerpo mande retiro y los intentos de fastidiarnos la paciencia broten de las fuentes más inesperadas. Es lo que suele llamarse el deber autoimpuesto, uno que se cumple contra viento y marea. Quienes desconfiamos de la palabra esperanza, aquí seguiremos.

teodulolopezm@outlook.com

El Universal
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