Octavio Lepage, maestro de la dignidad; por Antonio Ecarri Bolívar .@EcarriB

Me cupo el honor de compartir tribuna en la Asamblea Nacional con su presidente, diputado Julio Borges, y con Carlos Canache Mata, dos grandes demócratas de generaciones diferentes, para rendirle homenaje póstumo a Octavio Lepage Barreto, fundador de Acción Democrática.

En nombre del CEN de AD y de la familia Lepage agradecí el gesto del Parlamento, con un ex parlamentario y ex presidente interino de la República, aunque lamenté que en gestiones anteriores no se le hubiesen hecho reconocimientos similares a Carlos Andrés Pérez, Rafael Caldera, Jaime Lusinchi, Luis Herrera Campins y Ramón J. Velásquez, cinco ex presidentes, cuyas voces también vibraron en ese Parlamento. La mezquindad de los tiranos lo impidió, pero el pueblo los reconoció, homenajeándolos con su masiva presencia, en aquellos actos de inhumación.

En esta oportunidad, sin embargo, se volvió a hacer presente la mezquindad, cuando tuvimos que realizar el acto en el antiguo hemiciclo del Senado, porque el salón donde debate la plenaria pertenece ahora a Fundapatrimonio y se negaron, los adláteres del régimen, a cederlo para este acto. Fue mejor así. Octavio volvió al sitio donde presidió, con prestancia y lucidez, el Congreso de la dignidad republicana.

Es que como lo dije allí, vuelve otra vez sobre Venezuela la terrible confrontación entre civilización y barbarie. Está otra vez sobre nuestra tierra la amenaza que denunciaba Rómulo Gallegos en Doña Bárbara: Ño Pernalete y su Mujiquita encarnados en el Ejecutivo y el TSJ, frente a Santos Luzardo y Marisela que son la Asamblea Nacional y Venezuela, respectivamente. Es despotismo e ignorancia frente a educación y civilidad.

La sencilla moral de los Diez Mandamientos que recomendaba uno de nuestros grandes pensadores de todos los tiempos, don Mariano Picón Salas, la practicó Octavio Lepage toda su vida, sobre todo el séptimo de ellos: No robarás. Y lo practicó, porque la gran mayoría de nuestros verdaderos dirigentes, padres de la civilidad, condenaron el robo y el latrocinio de los dineros públicos.

Por ejemplo, recuerdo que Henry Ramos Allup lo dijo en esas mismas instalaciones, siendo entonces gobierno, que es mucho más meritorio. En efecto, Henry Ramos pronunció un discurso en el Congreso de la República el día 5 de julio de 1990, siendo subjefe de la fracción parlamentaria del partido de gobierno y en presencia del presidente de la República, militante de su partido, donde, entre otras afirmaciones decía premonitoriamente: “En opinión de los venezolanos, según lo registran las encuestas más actualizadas, la corrupción constituye uno de los cuatro principales problemas del país. A ella voy a referirme con el aplomo y la causticidad que se puede permitir quien puede abordar un tema escabroso sin rubor y sin complejos. Aquí el delito no se sanciona y la pena no puede ejercer su efecto disuasivo o preventivo, como decían los juspenalistas clásicos. (…) Siendo alumno de un docto profesor y entrañable amigo que me enseñaba Derecho Penal en la Universidad de Carabobo, el doctor Hernando Grisanti Aveledo, cuya pedagogía esparcía ciencia y ética, le escuché una pequeña rima del poeta italiano Hugo Fóscolo contra su colega Vicente Monti condecorado, en acto indigno para un patriota italiano, por Napoleón Bonaparte. Voy a citarla porque contiene una precisión descriptiva de la tolerancia que campea en niveles decadentes de nuestra sociedad:

”En tiempo de bárbaras naciones

colgaban de las cruces los ladrones;

ahora, en el tiempo de las luces,

del pecho del ladrón cuelgan las cruces.

”Cuando los políticos se metan a empresarios y los empresarios se metan a políticos; cuando se concentre en las mismas manos el poder político y el poder económico, se producirá el colapso definitivo e irremediable del sistema democrático”.

Esa era la posición de Henry Ramos cuando fue gobierno, igual a la de Octavio Lepage, porque este insigne fundador del partido del pueblo fue diputado, senador, presidente del Congreso de la República, embajador, ministro del Interior en diversos gobiernos de su partido, presidente encargado de la República en múltiples ocasiones y nadie, ni sus más enconados enemigos, han podido señalarlo jamás con alguna conducta reñida con la ética y la honestidad en el ejercicio de tan altos cargos de responsabilidad pública.

¡Honor y gloria a Octavio Lepage! Gracias, Maestro de la dignidad, por enseñarnos el camino de la ética, de la honestidad y el amor a Venezuela.

El Nacional
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