Jóvenes y jubilados; por Rosario Anzola .@rosarioanzol

Asistí a una exposición de un funcionario de la Alcaldía de Medellín, quien armado de estadísticas  y de un impecable video, explicó cuáles fueron las estrategias para hacer de esa ciudad un modelo reconocido de innovación, luego de haber sido la ciudad más violenta del planeta en los años setenta. El expositor fue arropado por infinidad de preguntas e inquietudes. Hasta que, ante la avalancha del entusiasmo de la audiencia, pronunció unas palabras que convirtieron en sombras nuestros festivos pensamientos: Claro que hay muchas coincidencias entre lo que sucede en sus ciudades y lo que era Medellín. Estamos claros que la aplicación de métodos de planeación transparentes, eficientes y creativos, aplicados con sentido corresponsable y compartido entre autoridades y ciudadanía es perfectamente replicable, con perspectivas de éxito seguro. Pero…  Y allí hizo un silencio prolongado. Nosotros no teníamos algo que, lamentablemente, ustedes sí tienen: el éxodo de los jóvenes. Y esto constituye una severa limitante.

Desde entonces, cada vez que me entero de la partida de un joven o una joven para buscar los horizontes que, en estos momentos, el país no le ofrece, recuerdo las palabras de Jorge Ignacio Suárez. La estadística de quienes han partido es muy alta. En mi caso tengo diez sobrinos, tres hermanas y dos hijos esparcidos por el planeta. Las causas de la diáspora son básicamente la inseguridad, la violencia, el desabastecimiento general y la falta de trabajo. Y por eso resulta comprensible la decisión de dejar atrás familia, amigos, paisajes y querencias.

Para echar adelante el país contamos entonces con los jóvenes que se quedaron por decisión propia, por convicción de que el país los requiere o porque no tienen las condiciones familiares, emocionales o económicas para irse. Estos muchachos enfrentan adversidades que otras generaciones de venezolanos no tuvieron y a todos, a los ausentes y a los presentes, les debemos respeto, admiración y solidaridad. Cuando me permito pluralizar (les debemos), me refiero a quienes -por edad- estamos teóricamente en proceso de jubilación. Es decir: retirados parcial o totalmente del mundo laboral y de los horarios a cumplir.  Pues esto no es posible. Nos corresponde acompañar, codo a codo, a los jóvenes que se quedaron. La situación que atraviesa el país no da tregua para pensar en descanso ni en dedicarse a actividades para las que nunca se tuvo tiempo.

Las universidades están cerrando cátedras y posgrados. Porque no hay alumnos… ni profesores. La estampida ha sacudido las aulas universitarias. Por una parte, los estudiantes carecen de apoyos mínimos como transporte, comedor, servicios de atención y bibliotecas bien dotadas. Además, no encuentran respuesta a sus expectativas de formación profesional en carreras convencionales y no convencionales, por cuya razón he escuchado decir a más de uno: Y para qué tanto estudiar si después no voy a conseguir trabajo.

Los profesores universitarios se sienten desalentados por los sueldos de miseria y por las condiciones en que tienen que dar clases. Un docente con varios posgrados gana menos  que un sueldo mínimo. Y se sienten también humillados por el deplorable estado de aulas, laboratorios, servicios y equipos, por mencionar algunos. Es por ello que la mayoría de los concursos para profesores se están quedando desiertos. ¿Cómo se está enfrentando la ausencia de los docentes universitarios? Pues con los profesores jubilados, quienes vinculados afectivamente a sus casas de estudio han vuelto a ocupar las aulas para impedir que se siga deteriorando la majestad de las universidades y su sagrado mandato de formar juventudes.

Lo que sucede en la educación superior, también sucede en otros ámbitos laborales. Muchos empresarios, emprendedores, comerciantes y prestadores de servicios levantaron sus proyectos de vida laboral contando con pasar el testigo a sus descendientes cuando estuvieran en edad de jubilarse. Pues, tampoco es posible. Tienen que seguir fajados frente a un mostrador, un negocio, un escritorio, una oficina y unos clientes porque sus hijos se fueron del país.

Los departamentos de recursos humanos coinciden en que han tenido que echar mano a jubilados para cubrir vacantes, pues la oferta de un ingreso extra les resulta atractiva para compensar sus devaluadas pensiones. Mientras que a los jóvenes no les interesa y no les alcanza el paquete laboral que se les ofrece, por lo tanto prefieren no tomar los puestos de trabajo y comenzar a hacer sus maletas.

El piso de Cruz Diez en Maiquetía se ha vuelto símbolo de las ausencias. Quienes aquí permanecemos nos sacudimos la añoranza y la tristeza con la idea de que tenemos que seguir bregando y trabajando sin descanso para abrir caminos a los que se quedaron y para que vuelvan los que tuvieron que irse.

rosarioanzola@gmail.com
raconvivarte@gmail.com
@rosarioanzol

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